vamos girando al océano entre mucho pudor contenido y lágrimas que se reflejan en todas esas veces que hicimos catarsis, que rogamos por un instante más de ser mimados. alzando ambos brazos y volteando hasta distinguir la inmensidad de un abismo acuoso entre los dedos de nuestros pies, escurriéndose y humedeciendo más. se puede apreciar, ya pasadas las cinco de la tarde, como el círculo solar decae para empaparse también y dar unas volteretas revoltosas, colmarse sus parpados de granitos de arena entre la transfiguración que va y viene en la playa, en el cosmos y en el globo terráqueo. cada amanecer nuevo, cada satélite que rote, cada astro que se de la vuelta por el agua, siempre estarán allí transformándose en un ente distinto y tomando formas hasta que la luz se tome una siesta y debamos dejar de girar.
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