la gran parte del tiempo solo me pone triste ver a una luna con curvas y agujeros rellenos de queso derretido, extraordinariamente rellena. pero hay algo en esa reacción química que una vez también me hizo sentir fondue, a las tres de la madrugada en una mugrienta terraza. fue un vigor de espanto al verme inflada como una esfera de basquetbol, me ví obligada por mi consciencia a hacer dieta por meses hasta que el huesito dulce, atontadamente se confundiera con una pata de palo. ni el nutricionista más sabio y lector pudo descifrar tal encrucijada de carozo severo culminante como las calles del centro de Manhattan, por lo que llame a Anita. ella tampoco escogió una solución, y el queso ya se escurría por debajo de mis parpados cuando llegué a ser una receta de 160 kg., estruje y destripe a muchos sujetos en mi camino al trabajo, y en la vuelta al doble, cuando la luna se me reía a carcajadas. pero por supuesto el día soleado siempre emerge del drama mismo para cualquiera, como un terremoto que cruje con la tierra, y Anita me compró una sombrilla que combata el brillo lunar. por más que lo haya pagado por debajo de diez verdes, supe como apreciar lo que no requiere muchos diamantes como nunca antes y la luna ya no se río.
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