se me hace insoportable entender que todo esto estalle en la agonía de un pobre hombre y sus dedos cubiertos de ampollas. les voy a servir besos redondos o cuadrados para curarlas, evitando su mirada escalofríantemente posada en el mismo resplandor que nos hace florecer o marchitar, centrandose en lo que es infinito. olvidando el trueno inminente por cuestiones de falta de tiempo, o incognitas que realmente no hallan la pieza para ser completadas. en vez de conservar la lucidez del rayo de luz, del trueno, y apreciarlo con los ojos llenos de lágrimas, las cuales después podría secar, enjuagar y colgar junto a las toallas, de manera que el calor las atraviese. no en el balde de ropa sucia de la cual el encargado se olvida como los viejos trapos rotosos, sino para que las ampollas se sequen de la forma estratega y, con la piel de gallina, renazca de sus pétalos muertos y no se centre en el previo resplandor del cielo, mejor aún, en la figura que parte en dos la galaxia.
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